19 junio 2013

Me encontraba cruzando un paso de peatones, de esos que tienen dos tramos por tratarse de una calle de dos direcciones; cuando iba por la mitad de la calle se puso el semáforo en ámbar para los peatones, pero en vez de pararme y esperar en esos pequeños espacios centrales reservados para ello, proseguí rápido para evitar la espera, lo que hizo que llegara al otro lado de la calle que estaba cruzando con el semáforo en rojo para mi y en verde ya para los vehículos parados. Fue un segundo, una décima de segundo quizá, pero el vehículo que estaba posicionado en el extremo de la calle tuvo que retener su arrancada para que me diera tiempo a llegar a la acera. En ese instante tan aparentemente intrascendente la historia del mundo entero cambiaba de trayectoria. Ese segundo de espera del vehículo se traduciría en un minuto por haber pillado el siguiente semáforo en rojo, lo que haría que esta persona que conducía pudiera -o no- mirar a alguien que pasase por el semáforo, persona que a su vez, al sentirme mirada, le determinaría un determinado pensamiento, pensamiento que a su vez le hará hablar en la comida sobre determinado tema ...... y así, hasta el infinito, se entreteje la infinita red de la vida.Todo fue inevitable, pero también todo podía haber sido de otra forma. La paloma podía haber volado por este lado de la red, o por el otro, pero lo cierto, lo real, fue que voló por donde no podía dejar de volar y así debe asumirse porque lo contrario de lo que se produjo ni existió ni podía existir.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Ya son ganas de retorcer la realidad, compañero...

Murciaútil dijo...

y por retorcerla se ha producido que tu dediques un tiempo a escribir tu comentario, tiempo que quizá determine y determine y determine ....

En fin

Pedro López Martínez dijo...

Las leyes de la "causalidad" son tan poderosas, a mi juicio, que determinan también eso que erróneamente llamamos "casualidad".