10 febrero 2016


Interior de una casa en La Ciénaga a media mañana. Un hombre acostado sin nada que hacer o, quizá, haciendo lo que debe, quién sabe. En ese submundo de supervivencia siempre hay una doblez, una complicidad, unos códigos secretos, un doble lenguaje, lo cierto es que allí todo parece lo que no es, pero nunca sabes lo que es.

09 febrero 2016


Esta mañana me la he pasado entera deambulando por el barrio de La Ciénaga con Wilkin, mi guía y vigilante particular. El paseo tenía como propósito hacer fotos de ese sitio de Santo Domingo, pero tengo que decir que la realidad de allí es tan dura y tan fuera de toda norma conocida que la mayoría de fotos se han quedado en meros disparos de compromiso. En el fondo no sabía para qué fotografiar todo aquello ni qué buscaba con mis imágenes: ¿enseñarlo a los demás o acaso demostrarme a mi mismo que podía entrar allí? No lo sé aún, quizá todo esté demasiado cerca como para poder entender el porqué de una mañana con tanta desesperanza. Y no creo que se trate de la pobreza del barrio -he visto otras gentes más pobres aún-; quizá se trataba de que allí entra uno en un lugar que no le pertenece, en una comunidad que ha caído tanto que hasta tiene sus propios códigos de comportamiento. La Ciénaga de Santo Domingo no es solamente la marginalidad, es un submundo subterráneo imposible de fotografiar porque está en otro plano, en otra dimensión, en otra cabeza a la que me es imposible llegar.

08 febrero 2016



Romeo, el chico haitiano que hace de vigilante por las noches en la casa donde me alojo, ha cambiado de sueño: ahora ya no quiere ser músico, quiere ser peluquero y se pasa el día recortándose el suyo e intentando recortárselo a todo el que pilla. Quizá el último día me decida, a ver.

07 febrero 2016


Muchachos jugando al látigo junto a los márgenes del río Artibonito. A este lado la República Dominicana, al otro Haití.

06 febrero 2016


En la zona franca de la frontera con Haití se ve un peregrinar continuo de gentes que entran y salen, pero lo más curioso es que la mayoría de los que cruzan esa frontera cercana a Bánica, van  como sonados, ausentes, se cruzan contigo y casi ni te miran, caminan mecánicamente, absortos, pensativos y descreídos, prisioneros de sus dramáticos destinos.

05 febrero 2016


No recuerdo su nombre -ni entendí lo que me decía-, pero la mirada de este niño haitiano  implorando tímidamente lo que sea, me hace daño, me denuncia, me pone los pelos de punta y me provoca ganas de llorar amargamente. No es demagogia, no es bondad encubierta, es sentido de culpabilidad: ¿Cómo podemos seguir así? Es verdad que no somos responsables últimos del mundo, ni de su historia, pero este niño que sonríe sin fuerzas para decirte que está ahí, que lo mires, eres tú también. Y no puedes hacer nada, sabes que no puedes hacer nada, solo llorar, que es lo que hago amargamente, con mi mundo de libertad y de igualdad.